
La gran solución a la falta de medicamentos en todo el país iba a quedar asegurada con la construcción de una megafarmacia. Esta contaría con todos —sí, absolutamente todos— los medicamentos del mundo, según palabras del líder moral de Morena y ahora expresidente, AMLO.
Desde allí se surtiría cada una de las recetas en un lapso no mayor a 24 horas, sin importar el estado que la necesitara; una logística supuestamente infalible. Sin embargo, en el tiempo que lleva operando, esta farmacia no ha surtido ni el 1% de las recetas que habría recibido.
Hoy es un proyecto del que ya ni se habla porque resultó ser un rotundo fracaso.
Después, para intentar contener el desabasto, redujeron la escala de la megafarmacia a pequeños módulos llamados elegantemente “Farmacias del Bienestar” (que tampoco funcionaron).
Hoy se estrenan con una nueva Maroma, Son los mismos estanquillos, pero “modernos”, con tecnología y eficacia. Con mucha “inteligencia”, idearon que los medicamentos ahora se pueden meter a un dispensador automático, como si fueran refrescos o golosinas. Sí, un dispensador al que supuestamente podrás llegar a surtirte.
El problema es que la COFEPRIS dicta claramente que NO se puede hacer eso. La Ley General de Salud regula de forma estricta el “suministro” y la “distribución”. En un apartado del Artículo 226, se establece que los medicamentos para su “venta y suministro al público” no pueden ofrecerse mediante máquinas expendedoras o instrumentos que no cuenten con un control sanitario y médico directo.
Pero como bien decía AMLO: “A mí no me vengan con que la ley es la ley”. Hoy, estas máquinas se presentan como la solución inmediata, eficaz y, sobre todo, “final” al desabasto de medicamentos a nivel nacional.
Las maromas ante un problema Nacional que afecta a millones de personas que padecen enfermedades crónicas.
